lunes, febrero 13, 2006

Nunca (H: Hombre, N: Nunca, n: niño)

H: ¿Cómo dices que te llamas?

N: Todavía no sé…
Sin dueño no tengo nombre,
sin nombre no soy más que una gata blanca.

H: ¿Paloma, Espuma, Nevasca?…
Suponiendo que hoy que la luna ha salido por el día
como nunca antes lo había hecho debería llamarte Nunca.

N: ¿Nunca?

H: Sí. Nunca,
la gata blanca.

N: ¡Nunca!
¡La gata blanca!
Sí, es, sobre todo, musical.

H: Y dices que llegaste aquí por he(o)rror.

N: Por he(o)rror no, por designio.
Cuando me cortaron los bigotes perdí mi rumbo
y luego de andar por un tiempo en círculos
tú me encontraste en ese canal sin agua y lleno de peces muertos.
Cuando te vi y cuando te escuché.
La ternura con que me hablaste.
Yo decidí responderte.

H: ¿Nunca antes habías escuchado palabras tiernas?

N: Nunca, nunca antes había intentado
entender las palabras de alguien, pero las tuyas…

H: ¿Por qué?

H: Porqué no.

N: Y el porqué del sí

N: Ja ja ja… miauuuuu…

H: Nunca, acariciarte se siente tan delicioso…
Es tocar una nube, es palpar la suavidad del mar.

N: Me gustan tus caricias…

H: Y eres tan blanca que nunca antes había visto tal tonalidad en el espacio.

N: Sí, soy tan blanca.

H: ¿Te gusta la leche tibia?

N: No…

H: Es lo que todos los demás gatos…

N: Yo no soy como los demás.
Me alimento de corazones crudos.

H: ¿De veras? ¿De qué corazones?

N: De pronto he pensado que los corazones crudos de los hombres son deliciosos.

H: ¡Shhh! Ahí viene mi niño…

n: ¡Un gato blanco! ¡Qué bonito!

H: No es un gato, es una linda gatita…

n: ¿Y cómo sabes que es gata y no gato?

H: Porque es vanidosa.

n: ¿Los gatos no son vanidosos?

H: No, ellos no son vanidosos son maquiavélicos
y además nunca encontrarías uno tan blanco como ella.

n: ¿Puedo acariciarla?

H: No. Es que nunca se dejaría.

n: ¿Puedo verla a los ojos?

H: Nada más un ratito porque nunca se cansaría de verte.

n: Sus ojos son azules como los míos.

H: ¿Ahora llevas el vestido de girasoles?

n: Sí, es que mamá lavó el de claveles rosas.

H: No te has puesto el sombrero de listones…

n: Cuando lo traigo puesto me duele aquí.

H: ¿“Aquí” dónde?

n: Aquí en la cabeza.

H: Bueno, ya la viste demasiado.

n: Pero si apenas…

H: Ya, nada, es todo.
Ahora ve y enciérrate en el cuarto y reza hasta que sientas que estás levitando.

n: Sí, por cuánto…

H: Hasta que escuches los golpes a la puerta.
Anda, vete…

n: Adiós, gatita…

N: ¿Por qué?

H: ¿Qué?

N: Por qué anda vestido como una niña.

H: Porque él es el medio que utilizamos para poder hablar con Malena.

N: ¿Malena?

H: Nuestra niña de cristal –crystal fairy– que se nos rompió en un accidente de carros.

N: ¿Cómo fue ese accidente?

H: De eso no te debo hablar nunca.
Nunca, mejor cierra los ojos.

N: Nunca.

H: ¿Por qué nunca?

N: Porque sé que con los ojos cerrados todo va a ser diferente.

H: ¿Vas a despertar? ¿Voy a despertar?

N: No, voy a cambiar de sueño.

H: ¿Y nunca quisieras cambiar?

N: No, no sé… nunca…

H: Nunca…

N: Si te cuento que…
a tu niño ya lo conocía.

H: ¿De dónde?

N: De otro momento.
De otro sueño.

H: Y cómo fue.

N: Él estaba sentado en la cama
junto a otros niños
y yo estaba pegada en la pared atrapada en un póster.
Los otros niños le preguntaron que porqué andaba vestido de niña
y él les respondió que porque según la leyenda que su mamá le había contado
debía vestirse así para no quedar mudo.

H: Todo sabes…

N: Todo lo veo, pero no todo lo sé.

H: ¿Ya te vas?

N: ¿Yo?

H: Te vas…

N: Me iré cuando tú te vayas.
Te irás cuando comprendas que no es correcto.

H: ¿Qué? ¿Lo que hacemos mi esposa y yo con el niño?

N: No es correcto…

H: Sé que no es correcto,
pero qué más podemos hacer…
Nunca…

N: Nunca.

jueves, febrero 09, 2006

Era Rodolfo un reno...

Conjunción y

Rodolfo se levantó temprano y, al ver que había dormido junto a su tullida esposa en la misma cama, pensó en ir a darse un regaderazo. Corrió las cortinas y se encontró con una mañana húmeda y algo brumosa, llena de los matices cálidos que regalaba un sol mandarina y que intentaban doblegar al tono gris ya reinante en el cielo. Rodolfo fue y abrió la llave del agua caliente, entonces sintió como su cuerpo era cubierto lenta, seductoramente por el elemento líquido que a esas horas llevaba el olor a óxido recogido durante su paso por las ancianas tuberías de su casa y que él saboreaba amargamente con la lengua. Rodolfo se lavó axivericopas y salió del baño envuelto en una toalla amarilla, luego fue rápidamente a sentarse en la silla de su recámara dispuesta ahí con la finalidad única de usarla para vestirse y comenzó a hablar solo, posiblemente con un ente invisible, como si no fuera él sino un loco.

(A)Marga

Luz abrió los ojos al percatarse de la plática que su esposo estaba llevando a cabo con nadie más. A como pudo, Luz deslizó su cuerpo hasta quedar su espina acomodada en las almohadas altas desde donde logró ver lo que le estaba pasando a Rodolfo. Obvio que se sorprendió. Asustada le habló: Gordo, qué tienes, papacito hermoso dime qué tienes, con quién hablas Rudy, bebé, amor, rey… dijo con amabilidad, con cariño, aunque no tuvo respuestas cuerdas de su esposo. Luz vio las luces que entraban por la ventana. Como si se tratara de la estrella de una película antigua, Luz comenzó a hablar en su mente mientras hacía gestos de angustia con su rostro. Los ojos sufridos de una moderna Marga López.

Paréntesis

(Qué hago ahora, si yo no puedo ni moverme, si los dedos de mis manos están chuecos, enjutos. Apenas y puedo enderezarme en la cama, yo no puedo darle mi mano. Por qué estás vuelto loco, Rudy, hable y hable como un merolico. Pues qué chingados dices. Qué chingados tienes. No te entiendo. Rudy, dime qué hago para ayudarte. Yo no sé qué hacer. Estoy paralizada de mi cuerpo, soy incapaz. Rudy, corazón.)

Ring, ring

15 centímetros que parecían kilómetros. Su mano derecha y el buró. En ella estaba la posibilidad de llamar a alguien para pedir auxilio. Sin embargo, el objeto negro se hallaba a tanta distancia de su lecho. Luz forcejeó por lo menos diez minutos en los que el estado de Rodolfo fue en detrimento; menguó hasta llegar a la pasividad similar de un niño muerto. Con un movimiento brusco que le costó demasiado trabajo y la dejó de pecho sobre la cama, Luz alcanzó a tomar el teléfono inalámbrico. De tantos números telefónicos a escoger se le ocurrió elegir el de la casa de su comadre. Se valió de sus nudillos para presionar los botones y cada una de las pulsiones le dolió en toda su humanidad.

Cuélgale a esa pendeja

En el identificador de llamadas surgió digitalmente el número telefónico de Ellos. Los tíos vanidosos, afrentosos y que sacaban los billetes de mayor denominación cuando en las pedas alguno de mis primos pedía dinero para comprar boletos de ráscale y gana. Ellos, los tíos presumidos, los obsequiaban como si fueran moneditas de feria, morralla que les había sobrado y que no sabían qué hacer con ella. Él fue alto, robusto, un morenazo que se parecía a uno de los tantos súbditos de Rarotonga. A sus casi cuarenta fue el contador privado de un petrolero pendejo, nuevo rico, que sabía de cuentas lo que sabe un pájaro de mecánica cuántica. De la noche a la mañana el tío Rodolfo que vivía modestamente y sujeto a las excentricidades de su mujer fue el tío Rudy quien se codeaba con gente importante, influyente, temible podría decirse y eso, nadaba en albercas llenas de billetes. Ella, la tía Luz, la mera neta nunca fue muy humilde. Desde antes de casarse no salía de los salones de belleza, cuando supo de Las Vegas, pues no salía de La Vegas y al casarse le hacía pasar las de Caín al tío Rodolfo pues ella estaba acostumbrada a vivir bien y le gustaba revivir la luna de miel a cada rato en hoteles elegantes, comer en restaurantes finos y visitar demás sitios de lujo en la urbe. Ella fue una rubia guapa y hasta ahí. Nadie se imaginaría que todo iba a cambiar. Su vida opulenta se volvió en un rosario que en vez de cuentas llevaba señalaciones de dolor. Ella procreó tan sólo un niño, Rudy: él fue un niño mágico, tan hermoso, niño mixteado: piel de bronce y de ojos verdes, cabello blondo y rasgos duros. Les duró seis años. Saltó de lo alto de un árbol, sus tripas se regaron por el suelo y su espíritu se elevó hacia la copa de ese mismo árbol para volver a saltar. Tras de esto Luz comenzaría a sufrir de un mal incurable que le deformó las articulaciones, invalidó sus piernas y le robó la belleza de su juventud. El dinero siguió manando para el tío Rudy hasta que hubo alguien que le halló sus movidas y le dio aire no sin antes partirle la madre. Ellos. Los tíos arrogantes y que suponían que siempre estarían en la cumbre se tambalearon con una ventolera imprevista para luego caer juntos a un pozo de agua sin agua. Nadie se alegró de ello. Nos dio algo así como cosa en el corazón.

-¿Bueno?
-Está tu papá.
-No, está en su oficina.
-Ah.
-Perdón, quién lo busca.
-Tu tía Luz.
-No, no está, tía, quiere hablar con mi mamá, ¿se la paso?
-Pues bueno.

Me puse el teléfono en el pecho. Le dije a Mamá, que estaba lampreando chiles rellenos en huevo para salirnos a vender al mercado, que le hablaba la tía Luz. Mamá me dijo que le colgara a esa pendeja que se acordaba de hablar nomás cuando algo se le ofrecía. Me dio vergüenza con la tía y le dije a Mamá que contestara porque yo no le iba a colgar. Mamá sacó la sartén de la lumbre y apagó la mecha de la estufa, vino y me quitó el teléfono.

-Qué quieres.
-Cómo estás, ¿no está tu marido?
-No, no está, anda en la oficina, tienes su teléfono, qué no.
-Comadrita, a Rudy le pasó algo muy feo, ay, no sé qué tenga. Está como inconsciente desde que se salió del baño. Tiene como los ojos torcidos. No sé que sea.
-Cálmate, ¿estás sola?
-Sí, es que a la enfermera le toca venir mañana, estoy solita y mi alma
-Mira, estate tranquila ahorita nos vamos yo y Mine en un eco para allá. Te voy a colgar para hablarle a Simón.
-O quéi. Pero no se tarden.
-No, ándale, adiós.
-Bai.

Se le metió un espíritu

Luz sacó la lengua y con ella apagó el teléfono inalámbrico. De espaldas sintió como le tocaban las nalgas, sintió la brusquedad de un dedo que intentaba sodomizarla. Le dolían sus músculos guangos. Gritó cuando el dedo la violó. Sintió un fuego que le recorrió el colon y llegó a su estómago, subió a su esófago y logró escupir por su boca un jugo negro que manchó el colchón y escurrió hasta el suelo.

Comas

A Luz le gustaba jugar a las cartas, al bingo, le gustaba practicarle fellatios a su esposo y a los amigos ricos de su esposo, le gustaba presumir con sus concuñas hablando en inglés, cantar canciones de Angélica María y Juan Gabriel mientras se recostaba en la bañera llena de burbujas, dormir con mascarillas puestas de pepino, miel y avena, comprar películas cuatro equis en las pulgas, le fascinaba ver como un hombre era dominado por otro, no le gustaba sentir dolores en su cuerpo, odiaba verse al espejo y hallarse canas o arrugas, le dolía ver sus manos deformadas, sus manos que tanto bien la hicieron a tantos hombres.

Luz

Ella se levantó de la cama sin ningún esfuerzo, fue adonde estaba su esposo y comenzó a sacar un traje gris para vestirlo mientras al oído le cantaba que él era Rodolfo un reno que tenía la nariz roja como la grana y de un brillo singular. Los músculos de Luz respondían a cada orden que ella les hacía. Fue magia, si se cree en ella o milagro.

Moebius strip (Cacografía)

Llegamos Mamá y yo. La casa estaba bien vieja, nada qué ver con la que había visto y visitado de niña, se lo comenté a Mamá y ella dijo que también estaba sosprendida. Mamá le pagó al del eco con uno de a cincuenta y le dijo que se quedara con la feria. Le dije que si muy rica y me calló. Yo toqué el timbre dos veces. Mamá me dijo que no fuera tan avorazada. La tía Luz abrió la puerta, traía una falda negra y una blusa blanca bien sencillas. Nos dijo que mande, que qué se nos ofrecía. Mamá dijo que cómo que qué se nos ofrecía si ella nos había hablado para decirnos que Rudy estaba inconsciente. Nos dijo que siempre no y que gracias que a estaba bien. Yo luego luego noté que la tía Luz parecía que no estaba mal y no le dije nada a Mamá. Mamá se enojó cuando la tía Luz nos cerró la puerta en las narices. Mamá dijo que qué vieja tan más hija de la chingada.

Era Rodolfo un reno... (Oraciones simples y compuestas)

Luz abrió el clóset y quitó toda la ropa para dejar el espacio suficiente. Luz tomó a Rodolfo del brazo y lo hizo levantarse de la silla. Ambos se metieron al clóset y cerraron la puerta. Luz comenzó a cantar la canción de Rodolfo el reno. Rodolfo comenzó a cantar la canción de Rodolfo el reno. Era Rodolfo un reno que tenía la nariz roja como la grana…, comenzó a cantar el espíritu de Rudy, el niño de ambos.

miércoles, febrero 08, 2006

Adagio

Y he ahí una gran ranura en la cama, la presencia oculta de las moscas es delatada por sus multimiradas. Te sumerges en ese ojete angosto. Llegas a una nueva dimensión donde los objetos no la tienen. Buscas moscas tsetsé y no las encuentras, sólo hay una hendidura más y te vas a través de ella. Intentas guiarte por ese ínfimo resplandor habido en tanta oscuridad: entras a la luz. De súbito andas un pasillo en forma de caracol. Te detienes al hallarte frente a un muro de ojos que nunca parpadearán; y, sí, ya sabes que al atravesarlo todo será cuestión de acostumbrarse al silencio de los violines.

martes, febrero 07, 2006

(Re)soñar es (Re)vivir

Negro. Negro. Más negro. Sólo seguir pensando en cosas que se repiten a cada rato… Y es que ya me había dado cuenta, pero prefería hacerme el pendejo y creer en que era una simple coincidencia el que la lluvia me acompañase siempre que saliera de casa… Serían algo así como las seis cincuenta de la mañana cuando dejé la cama, llevé la ropa que me pondría al cuarto de baño y ahí me senté un rato en el retrete para pensar unos segundos antes de sacar el rastrillo y la espuma para afeitarme. “Cómo irá a ser después”, me pregunté en silencio. Si hasta entonces todo había estado casi tranquilo, cómo iría a ser cuando llegase lo que ya estaba más que seguro por venir: sí, los científicos habían anunciado el día del último juicio por televisión y, sin embargo, a nadie parecía interesarle tal cosa, las personas se cubrían decididamente la vista y los demás sentidos con algún extraño atavío que hacía eludir la noticia de la próxima ruptura entre tiempo y espacio: el orden se volvería caos, se afirmó y yo lo registré inmediatamente. Ya estaba más que avisado que un gran orificio negro amenazaba con devorarse el mundo y de cualquier manera las personas mantenían la vida, la continuaban, tal y como la llevaban hasta entonces: amanecía y emprendían los cotidianos, por no decir aburridos, viajes a oficinas, escuelas, empresas, hospitales y etcéteras para luego regresar a casa y prolongar su vida como si nada… Dejé mi asiento pensando que quizás yo también debía mantener las apariencias, hacerme como el que no creía en que algo estaba por pasar… Ya me voy, le dije a Mamá tras presentarme ante ella bien vestido para salir al trabajo. Ella rectificó con la palma de su mano que afuera estaba chispeando pero no hizo observación alguna de ello, bueno, en aquello de que ya también se había dado cuenta de que la lluvia siempre me seguía, y al contrario, me bendijo e hizo que le diera un beso en la mejilla, algo que desde que tenía ocho años dejé de hacer por vergüenza, o porque ya me creía grande y estaba obtusamente convencido de que eso de besar a Mamá era una cursi infantilada de chulos. Sus ojos lloraron en ese instante en que mis labios tocaron su piel y en alguna extraña milésima de segundo los míos también, pero yo los sequé inmediatamente… Pues sucedió entonces que la lluvia me acompañó en toda la travesía hasta llegar al edificio de los santos. Sí, extraño que alguien como yo trabajara en una casa donde se vendían artículos religiosos, pero es totalmente verídico. Me encontré con el carro del dueño (un güerito de ojos azules que hacía con el dinero heredado de sus abuelos todo lo que le placía), estacionado ahí afuera: un carro deportivo que estaba con madre o más bien no la tenía… Subí escalones. Me resbalé. Había un charco de agua en la entrada de la tienda que afuera formaba un medio círculo. Abrí. Adentro estaba el resto del círculo de agua, la fuente postmodernista de mármol, espejos y un ángel de vanadio y detrás del mostrador, Neri, la otra vendedora, que se pintaba la boca con un lápiz de tono bronceado. Sonrió al verme y me dijo que el agua ya se le había metido. Sí, le respondí con la cabeza… Y hasta ahí… Ya no hubo más. Negro. Negro. Más negro. Sólo seguir pensando en cosas que se repiten a cada rato. Que si ya me había dado cuenta pero me hacía el pendejo, que si la lluvia me seguía a todos lados hasta el edificio de los santos, que si se trataba de un juicio contra los no santos, que si posiblemente no había paraíso ni infierno y todo eran antiguas invenciones desde la época de los inquisidores y que ya estaban más que asimiladas, que si ya era lo más último del último reinicio, que si Stephen Hawking pudo haberse equivocado en sus teorías, que si más allá de la vida sólo hay negro, que si posiblemente todo lo que hasta entonces conocía era nada en realidad contra lo vasto del espacio exterior, que si la nada no tiene color, que si ausencia de orden no significa caos, que para qué ir todos los días a trabajar si cada día es un no día, que si lo negro no es negro sino blanco o más bien algo que es indescriptible pues no es color o luz o ausencia de ambos, que si en realidad no hay ningún hasta ahí… Ya no hubo más. Negro. Negro. Más negro. Sólo seguir pensando en cosas que se repiten a cada rato sin tener nunca un fin porque eso es la vida un nunca tener fin aunque todo lo señalado por forenses en los cuerpos sin movimiento o sin respirar indique que sí, que si la vida es finita. Dónde entonces la finitud… Dónde entonces los agujeros negros que devoran universos… Dónde las magnas explosiones que originan universos… Dónde los big bangs en una arcaica sociedad saciada de bangs… Dónde los santos que se venden en un edificio donde hay un círculo de agua a la entrada de la puerta y una mitad está detrás de la puerta y la otra mitad también detrás de la puerta… Dónde las lágrimas de alguien producen la lluvia y le acompañan a lo largo de toda su vida… Dónde con el vanadio se hace la figura de un ángel postmodernista que en vez de estar rodeado de aire lo rodea el agua… Dónde y cuándo el juicio si no hay juicio en la vida, y otra vez eso de la vida… Ni modo… hasta ahí… Ya no hubo más. Negro. Negro. Más negro. Sólo seguir pensando en cosas que se repiten a cada rato…

sábado, noviembre 12, 2005

De nuevo sueño

Ahora lo que resultaba difícil era encontrar un medio, vehículo, para poder llegar a ella, y así conseguir rescatarla. Esa pequeña niña vestida de azul y que oraba en silencio intentando mantener un campo de fuerza, barrera invisible, que impidiera el paso a las bestias marinas: gigantescas ratas que nadaban en círculos sujetándose todas de sus colas formando un círculo a su alrededor. La gente, a su vez, también formaba un círculo a las orillas del lago circular y oraba por el bienestar de la pequeña niña santa. Y los círculos seguían formándose cada vez más lejos y los círculos crecían. Y lo que ahora resultaba difícil era saber porque todo tenía que ser tan imperfecto, tan circular...

miércoles, noviembre 09, 2005

(Re)inicio

Antes de empezar el día

Es pequeña y rápida. Trae las alas encogidas. Las antenas vivas. Se mueve a lo largo de la esquina que hay entre el suelo de mosaicos de mármol y el muro mal pintado de amarillo. Camina revolviendo todas esas patas diminutas. Anda sin un rumbo, una dirección fija. De todas las alimañas habidas en el mundo debía ser ella quien anduviese merodeando por aquí y en tales momentos.

El cristal está frente a nosotros. Rectangular. Amplio. Podemos observar las computadoras en la sala contigua: tres mesas anchas y encima de ellas cuatro hileras de monitores, los teclados, los ratones y los procesadores. Las persianas verticales cerradas, grises. La pintura azul en las paredes, con la textura del terciopelo. Distingo mi silueta en el cristal mas no mi reflejo. La luz blanca de la lámpara de neón. Él está junto a mí, a mi izquierda.

La cucaracha camina acelerada, tal vez perdida en la pulcritud del pasillo.

En cualesquiera que fuesen las condiciones sería agradable estar sentado junto a él: solee, llueva, truene, relampaguee, o nieve.

Al final del pasillo está el crucifijo de hierro con el foco por detrás que ilumina el espacio de amarillo: lo mal pinta.

La cucaracha se detiene. Agita las antenas, como si anduviese hallando alguna señal, sintonizando la estación equis.

Ambos sentados en la banca de cuero marrón.

Lo miro de reojo y luego bajo la mirada.

–Una cucaracha –profiero con desgano, como si en verdad no tuviese el apetito de hablar.

–Sí. Andan por dondequiera.

–Como nosotros –casi susurro.

La cucaracha sigue avanzando. Llega a la mitad del corredor, se aproxima con alevosía a nuestro sitio.

Volteo a mi lado izquierdo, él está ahí, asomo la cabeza y miro el reloj redondo que está en lo alto de la pared. Las manecillas: el horero y el minutero, negros; el segundero, rojo. Es todavía tan temprano. Regreso a mi postura.

–¿Ya no estás enojado?

–No… –me contesta mirando la luz amarilla.

–¿Leíste la carta que te envié con Lila? –le digo viéndolo a los ojos.

–Sí.

–¿Y qué dices? –continúo viéndolo a los ojos.

–Ya no quiero hablar de eso.

Bueno, pero es que yo necesito hablar de eso, quiero que me des una respuesta ahora, no puedo seguir con esta mierda de situación, de naufragio.

–Pero, ¿ya no estás enojado, o sí?

–No, no te guardo rencor.

Porqué me guardarías rencor, fuiste tú quien cometió el error, fuiste tú quien me hizo enrabiar y gritar disparates; luego fui yo quien te dejó de hablar como un supuesto gran castigo y ahora eres tú el que me dices que no me guardas rencor.

–¿Ahora andas con ella? –le pregunto como si pudiese impregnar cada letra con la inmensa decepción a la que me ha llevado.

–Sí, pero es nada más para… no sé para qué… para no estar solo… yo creo.

Vaya, qué consuelo me das. Sólo por eso lo haces. Yo podría estar contigo, yo podría estar ahí para que no te sintieras solo.

La cucaracha persiste en nuestro espacio, menea las antenas, analiza escrupulosamente toda su periferia.

–Los vi ayer, cuando salían.

–Sí…

–Sí, los dos salían del baño de hombres ya de noche.

–Ella es así, no se aguanta –afirma con sobriedad, así, como si nada.

–Recuerdas cuando en el baño… tú y yo… –digo, pretendiendo que lo hará, que podrá hacer memoria de los primeros días.

–Ya no quiero hablar de eso. De veras…

¿Más amores?, entonces ¿te pregunto por otros tantos?

–Cómo sigue Verónica.

–Parece que ya pasó todo; fue muy… este… doloroso para ella. Perdió al niño y por poco y no la libra.

–¿Y sí era tuyo?

–Eso dijo, pero sé que anduvo con más… Todos en la oficina lo sabían.

–Yo no –susurro, pero él no lo nota, o se hace el que no lo nota.

–El licenciado Báez y Horta, yo y quién sabe cuántos más.

–¿No crees que yo…?

Nada más a mí puede ocurrírseme intentar hacer esa pregunta cuando él sabe que no.

–¿Qué?

–No, nada… ¿Y la otra?, ¿ella qué dice? ¿Es amor?

–No sé, está obsesionada conmigo. Siempre está ahí como una sombra.

–Es obsesión…

–No sé.

La cucaracha se aproxima a sus pies.

–La cucaracha… –le señalo.

Levanta su pierna izquierda.

La cucaracha conoce su destino. Permanece inmóvil.

Él deja que todo el peso de su pierna caiga sobre el insecto.

Negro.

De nuevo frente al cristal. Se oye la voz de ella. Su torpe monólogo. Se acerca subiendo por la escalera y habla por el teléfono celular.

“Sí… (ríe) No… No seas bruta… Sí, de seguro él piensa que es amor… Así son todos de pendejos ¿o no?… (ríe) Se lo quité a esa puta… Nada más por cabrona, por no tener más que hacer… Pero besa tan rico y cuando está aquí, en mí… (ríe) ¿No me crees?… Luego te lo presto para que lo confirmes… (ríe)”.

Miro de reojo, asomo la cabeza.

–Ya llegó tu amiga…, tu novia… –digo.

Cuando me percato de que ella nos está viendo muevo mi mano y la acerco a su pierna derecha. Él me mira con ojos de advertencia. “No lo hagas”, parece decir con esos ojitos ínfimos. Pero mi mano ya no está en su pierna, ahora está situada en la calidez de sus verijas. Él está excitado. Siento su rigidez en la palma de mi mano, donde ya no hay líneas del destino definidas. Con su mirada intenta decirme “quítate”, pero, al contrario de esto, levanta su brazo derecho y su mano va a refugiarse en mi cuello, él se acomoda, abre sus piernas para que continúe acariciándolo con menos dificultad. Instante de arrebato. Me regala un beso. Siento como su lengua juega dentro de mi boca. Veo sus ojos cerrados, perdidos en la arbitrariedad de nuestra unión. Cierro los ojos.

Con los ojos cerrados veo un ángel de inmensas alas extendidas iluminando con su luz amarilla un oscuro páramo azul de terciopelo.

Abro los ojos y ella está observando detrás de la puerta de cristal, desde el inicio del pasillo, más que asombrada. Se aleja, baja los escalones con prisa. Tira el teléfono celular.

Él me hace para atrás, me rechaza. Retiro mi mano. Volvemos a estar en la misma posición en la que nos encontrábamos antes de empezar el día. Siluetas en el cristal, veo nuestros reflejos, que nuestros reflejos están juntos y parecen uno. Me limpio los labios. Él se pasa el dedo índice de manera horizontal por debajo de las fosas nasales, una señal de nerviosismo idéntica a la mía. Me la ha copiado.

–¿Y qué dices?… ¿Es amor?

–Esto nada más me pasa contigo… –dice.

sábado, julio 23, 2005

-Es que la ausencia, la suspensión de experiencias, obviamente el ya no haber signo alguno de existencia marca el fin del cuerp…

-Pero y qué hay del alma, del espíritu, de lo posterior, todo aquello que sigue y es interminable

-¿Acaso hay pruebas de ello?

-Probar, asegurar…

-Sí, probar, asegurar

-Y quién asegura que yo aún existo mientras tú haces este intento por pensar